domingo, 11 de septiembre de 2011

La vida de mi madre, por Kimberly Tatiana Cruz – (Calarcá, Quindío)

La infancia de mi madre fue una de las épocas más difíciles ya que fue sometida a una serie de maltratos físicos y psicológicos por parte de su padre. Ella vivía con su madre, padre y hermano y fue la primera en nacer, y por ser la mayor tenía muchas responsabilidades. Desde los ocho años trabajó, viajó sola de ciudad en ciudad y nunca pudo saber qué era salir a jugar con niños de su misma edad.

Sus padres tenían un restaurante, de eso vivían. Lo complicado para mi madre era que las empleadas del restaurante sostenían relaciones comprometedoras con su padre; aunque su madre lo sabía nunca intentó hacer nada para evitarlo porque ella creía que iba a ser maltratada como respuesta a sus reclamos.

Mi madre administraba y servía en el restaurante, el único beneficio que tenía de su trabajo era que podía comer muy bien. A mi madre no le quedó tiempo para nada, ella y su familia nunca tuvieron tiempo para ellos, todo era trabajo. Mi madre trabajaba y estudiaba, su hermano hacía lo mismo, su madre tenía que encargarse de todo en el hogar y su padre también, pero él muchas veces gastaba el dinero de la familia en lugares de mala muerte consumiendo trago y llegaba borracho a la casa a golpear a mi abuela, mi madre y mi tío.

Un día mi abuelo agarró a mi abuela del pelo y la lanzó contra las paredes y muros sin importarle que ella estuviera embarazada. Mi madre estaba en esos momentos en la casa y no soportó el maltrato y a pesar de ser de contextura delgada y pequeña intento defenderla o por lo menos hacer algo para evitar que la siguiera golpeando. Así, cogió una varilla de hierro y golpeó al hombre en la columna, provocando su caída instantánea al suelo y causándole un daño leve en la espalda. Mi madre salió a esconderse pero cuando regresó a la casa fue víctima de una golpiza muy fuerte, aunque estaba dispuesta a repetir su acto heroico para defender a su mamá. En otro momento de violencia de su padre, ella cogió una olla de agua hirviendo y se la echó en los pies al hombre causándole quemaduras.

El padre seguía con su vida de trago y fiesta mientras su familia sufría y aguantaba sus maltratos. El hermano de mi mamá, cansado de la violencia y de ver cómo sufría su madre, quiso irse de la casa a los trece años, y como en ese tiempo era fácil que le dieran trabajo a un hombre joven, así lo hizo. La niña que era mi mamá le rogaba para que se quedara pero él decía que era imposible aguantar más ese sufrimiento, que si ella quería se fuera con él, pero la niña sabía que si lo hacía su padre era capaz hasta de matar a su madre.

Los maltratos seguían iguales para toda la familia, pero a la menor de las hijas el padre le tenía cierta preferencia y la llamaba “la niña de sus ojos”. Mi mamá se sentía rechazada pero aún así no podía evitar la predilección ni los maltratos del padre.

Su vida seguía adelante con la misma rutina de siempre, el tiempo pasó, ella creció y apareció su interés por tener amigos, amigas y hasta novio, hecho que su padre no permitía. Mi madre quiso arriesgarse y tener amigos a escondidas de su padre, su madre le alcahueteaba en lo que ella pudiera y en ese tiempo empezaron a acercarse con un poco más. Hablaban sobre hacer sus vidas, de cómo habían sido hasta ahora y de cómo podrían ser; uno de los temas principales de las conversaciones era ese hombre, padre y esposo, que las había hecho sufrir tanto, sabiendo que su situación no cambiaría si ellas no hacían algo al respecto. Plantearon una seria de propuestas para mejorar su condición de vida, lo primero era continuar igual, lo cual no mejoraba su situación, también podían irse de la casa y empezar una nueva vida o también perdonarlo y olvidar todo.

Ellas estaban dispuestas a hacerlo, llego el día que tanto habían esperado, mi madre tenía su novio quien la apoyaba en todo y no estaba dispuesto a permitir más agresiones. Mi abuela dejó a su esposo, “mi abuelo”, lo cual le causo a él una rabia impresionante que lo llevó a hacer y decir cosas inapropiadas.

La casa donde vivían era de mi abuela, durante el tiempo que ella trabajó, ahorró para comprarla, a diferencia de su esposo que se gastaba el dinero en fiestas. En el momento del divorcio él quiso quitarle la casa argumentando que le pertenecía, pero como la casa era legalmente de mi abuela, la amenazaba diciéndole que la iba a quemar, que un día cualquiera iba a entrar a matarla a ella y a mi madre. Él hombre intentó entrar más de una vez a la casa de mi abuela en estado de embriaguez, pero le fue imposible porque mi madre y mi abuela cambiaron todas las cerraduras de las puertas.

Apareció entonces otro problema, el restaurante que pertenecía a los dos. Decidieron dividirlo en partes iguales. Mi abuelo vendió su parte, se la bebió, se gastó el dinero en lo de siempre, mientras que mi abuela siguió adelante con su mitad del negocio, sus hijos y la casa.

Mi abuelo enfermó, sufría del corazón, estando en el hospital sufrió un infarto y cuenta el tío de mi madre, el hermano de mi abuelo, que murió llamando a mi madre por su nombre, se dice que tal vez estaba arrepentido de todo el daño que había causado. En su entierro estuvo a punto de estallarse el cuerpo, solo pudieron velarlo pocos minutos, lo enterraron rápidamente. Mi madre recibió el apoyo de su novio de principio a fin. Las mujeres, mi madre y mi abuela, tomaron la muerte con calma pero la hija menor sufrió la pérdida del padre. El otro hijo, mi tío, regresó a la casa para el funeral, la pérdida no le causó mayor conmoción, pero les dolió a todos porque era su padre.

Pasó el tiempo y otra noticia conmocionaría a la familia, el novio de mi madre le había propuesto matrimonio. La reacción de mi abuela fue llorar, se sentía feliz y triste porque se iba a ir la niña, la joven, la hija que tanto la ayudó.

Mi madre se casó y decidió vivir sola con su esposo, mi padre. Un día cualquiera ella iba caminando por su casa a pies descalzos y con dos baldes de agua en sus manos, resbaló y la sangre corrió por sus piernas. En el hospital le dijeron que ella había estado en embarazo pero había perdido su bebé que apenas tenía un par de meses.

Pese a la difícil situación mi padre y mi madre supieron seguir adelante, lo superaron, pasó el tiempo y a mi padre, que era policía, lo trasladaron. En ese momento ellos vivían en Aguachica, Cesar, allí mi madre quedó en embarazo de su primera hija. Luego vivieron en Manizales, Caldas, la ciudad de origen de mi padre, y donde nacía yo y mi hermana.

En esa ciudad tuvieron su casa en el barrio La Sultana, que aún existe. A mi padre lo volvieron a trasladar, esta vez fue a Calarcá, un hermoso pueblo en el Quindío. Al principio fue difícil acostumbrarnos a las tradiciones locales, como las fiestas, la forma de ser de las personas y hasta la estructura social, pero con el tiempo nos acostumbramos y llevamos tres años viviendo en la población. Mi papá se pensiono en Circasia, mi hermana mayor estudia Derecho y mi hermanita y yo estudiamos en el Colegio Robledo.


Tomado de:

http://www.bibliotecanacional.gov.co/blogs/centrosmemoria/2011/07/01/la-vida-de-mi-madre/

Un recuerdo de mi mejor amigo, por Ana María Echeverry Mayor – 16 años – (Santander de Quilichao, Cauca)

Vivía al lado de mi casa en una piecita que había alquilado. Al principio no sabía quién era, solamente que era un indígena de Silvia, Cauca, que había venido en busca del sueño de ser futbolista.


Acostumbraba a mirarlo cuando jugaba con los niños del barrio en que vivimos. Yo nunca le hablaba porque me daba pena y porque no sabía cómo hablarle, pero siempre me despertó curiosidad saber

quién era, cómo era, de dónde venía, yo quería ser su amiga.

Un día me decidí, nos sentamos a hablar espontáneamente, fue como si lo hubiéramos planeado. Hablamos de todo, música, deporte, historia, cultura y lo que no puede faltar en una conversación de dos adolescentes, de novios y novias. Me contó de sus romances y yo de los míos, de su primer beso y sus decepciones amorosas. Las horas pasaban rapidísimo y como si fuéramos amigos de mucho tiempo ya nos sabíamos la vida del otro. Intentó enseñarme su lengua nativa, cómo se decía perro, calzón, cuaderno, ventana, mamá. Un intento fallidísimo porque no me aprendí ni una sola palabra, pero al menos me enseñó cosas que en mi vida hubiera pensado que las iba a aprender.

A los pocos días me dijo que se iba para Silvia y que antes de irse me iba a dar un regalo. Su regalo era una manilla que él mismo había tejido, sencilla pero llena cariño. Él se había convertido en mi mejor amigo y no importaba que él tuviera otra lengua, otra cultura, otro color de piel ni otra manera de vestir, lo único que importaba era que nuestra amistad se había hecho más fuerte que las distancias que nos iban a separar y que habíamos pasado de ser unos completos desconocidos a ser los mejores amigos y cómplices.

Nunca olvidare a aquel guambiano que me enseñó tantas cosas, porque por siempre estará en mi corazón y cada vez que mire la manilla que me regalo me acordare de él, de las experiencias que vivimos juntos, de los momentos que nos pasábamos hablando en el andén de mi casa, de cuando me enseñaba su lengua, de las veces que me hacía reír y de las veces que me hizo llorar, ¡pero de la risa! A pesar de las distancias, nunca me olvidare de este guambiano hermoso y nunca lo dejare de querer por más que unos kilómetros nos separen, pues aquella persona que empezó como un completo enigma en mi vida, se llevó un pedacito de mi corazón para siempre.


Los guambianos, o misaks, son un pueblo indígena que habitan principalmente en la región del Cauca. Hablan en su propia lengua, el wam, y la base de su economía es la agricultura.

Para conocer más sobre este grupo puede leer los siguientes artículos:

Etnia Guambiano

Guambianos: una cultura de oro

Tomado de:

http://www.bibliotecanacional.gov.co/blogs/centrosmemoria/2011/06/24/un-recuerdo-mejor-amigo/

La primera mujer flagelante, por Lisandro Aquileo Casiano Carrillo – 25 años – (Santo Tomás, Atlántico)

Comentan los habitantes del municipio de Santo Tomás, Atlántico, que hace varios años una mujer llamada Cecilia fue la única mujer que tuvo el valor de flagelarse en ese entonces. Todo empezó un día cuando la mamá de Cecilia se enfermó, ella se desespero porque los médicos le decían que la enfermedad de su madre no tenía cura y por esto decidió pedirle a Dios la recuperación de esa persona querida. En señal de agradecimiento por el milagro que obrara en su mamá la promesa consistía en flagelar alguna parte de su cuerpo. Antes de empezar la tortura debía ayunar y confesarse. Aquel día nunca se le olvidaría.

Todo era una preparación para empezar el camino hacia la salvación de su mamá. Para llegar hasta ese final feliz tendrían que transcurrir ocho años más en adición al ofrecido, pues en la tradición se dice que el penitente debe regalar el último año, así Cecilia pasó nueve años dándose golpes en la parte baja de la espalda para así derramar la sangre que representaba la que Jesús derramó en el momento de su crucifixión.

Ya tenía todo preparado, sus vestiduras con pollerín y capirote, y los objetos necesarios para utilizar en ese calvario de su vida. Llegó el momento, el día en que esto iba a ocurrir, todos estaban inquietos pero Cecilia transmitía una total tranquilidad, aún así, por dentro tenía un susto que invadía todo su cuerpo al pensar que las cosas podrían complicarse.

Las personas a su alrededor le hacían comentarios positivos y negativos; Cecilia, por el susto, no escuchaba todo lo que decían, solamente pensaba en la enfermedad de su madre y en que necesitaba curarse, pues gracias a todo el sacrificio que ella iba a hacer se daría la felicidad de toda su familia. Ahora, había llegado el día más importante de la Semana Santa en el municipio, el viernes santo cuando transcurriría todo su calvario.

Cecilia salió hacia el lugar llamado “el caño de las palomas”, esperando el turno para su partida. Para iniciar tenía que llevar a cabo un ritual donde se reza cuarenta veces el Credo y de no hacerlo podía ir rezando en todo su camino el Padre Nuestro. Llegó su turno, Cecilia, ya con el pollerín de color blanco con siete cruces de color negro, el capirote, el paño con el que se tapa toda su cara para no mostrar todo el dolor que sale de su cuerpo, una camisilla que le recubría el pecho, pero dejaba al descubierto el vientre y la espalda baja, lugares destinados a recibir los latigazos infligidos por siete bolas de cera.

Cecilia empezó su recorrido, para ella la solución a la enfermedad de su madre, pero para muchos un calvario, un sufrimiento en su vida. Junto a ella caminaba un acompañante que era un familiar o amigo que sería su guía en el recorrido. Cecilia daba tres pasos hacia adelante pero cuando había otro penitente muy cerca debía dar tres pasos hacia atrás latigándose. Las heridas eran cada vez más profundas pero el acompañante ayudaba a Cecilia poniéndole alcohol con un algodón para que esas heridas no se agravaran.

Cecilia caminaba siguiendo las palabras de su acompañante: “no pases por ese lugar, sigue derecho, cuidado con esa piedra, vamos a pasar por barro o vamos a pasar por arena”. Los caminos de arena eran muy calientes por la hora del día, pero ella trataba de introducir sus pies completos para evitar quedarse mucho porque iban todos descubiertos.

La flagelante sólo pensaba que su madre sería sanada por Dios, curándola de esa enfermedad que la agobiaría hasta llevarla a la muerte. Cada tres pasos que ella daba iba rezando el Padre Nuestro, varias veces entre cada paso y con énfasis en las siete cruces colocadas a través del recorrido. El acompañante y las personas a su alrededor observaban el dolor, el sufrimiento y cansancio que agobiaba todo su cuerpo, pero a ella nada mas le importaba su propósito, tener a su madre, sana. Golpe a golpe en su espalda aparecían hinchazones que su acompañante cortaba con forma de cruz para que la sangre fuera derramada y así evitar que se acumulara y causara mayor dolor.

La falda de Cecilia estaba manchada con la sangre de sus heridas y ella sólo ansiaba llegar al final del viacrucis para así saber qué sucedería. Tres pasos daba Cecilia para rezar un Padre Nuestro, caminaba dándose golpe por golpe hasta sentir que su fe salía de su cuerpo y llegaba hasta el cielo. El acompañante tuvo que decirle que tuviese cuidado con los golpes porque se había pasado de lugar y el azote había golpeado otras partes de su cuerpo. Al final del camino, su guía le indicaba que nada más faltaban tres pasos por dar para llegar al final; en ese momento ella, con más fuerzas, se dio varios golpes para que brotara más sangre y poder hacer que el milagro fuese más poderoso. Caminó y llegó al final, Cecilia llena de positivismo y fuerza, llena de felicidad, lloró porque había terminado su manda y con más voluntad volvió al principio del camino para demostrar que su fe en Dios era muy grande.

Comenzó otra vez desde el principio dos mandas más llevando una copa llena de miel y vinagre puesta en el brazo, que representa la amargura de Jesús en su muerte. De igual modo, tres pasos hacia adelante y hacia atrás hasta llegar el final, pero cuando terminara esa manda, comenzaría otra más.

La otra era la cargada de la cruz que consistía en llevar la cruz desde el comienzo hasta el final, o sea, hasta la última cruz. Para ella era llevar todo ese peso que Jesús tuvo en su lecho de muerte. Cecilia feliz porque todo había terminado para el bien de su madre y por la felicidad de su familia. La flagelante recordaba el camino donde algunos se desmayaban, pero ella, con la voluntad de conseguir la sanación para su mamá no desfalleció. Continuó año tras año y veía más cerca el final de ese calvario hasta cumplir el noveno. Cuentan los habitantes de Santo Tomás que la felicidad era muy grande porque había logrado la meta puesta en su vida.

Ese último año al haber logrado su meta, Cecilia corrió hacia su casa a ver lo que ocurría con su mamá, bañada en lágrimas de felicidad, y en respuesta a su sacrificio, su madre estaba curada, la enfermedad había desaparecido, ya no estaba en su cuerpo gracias a la promesa que le había hecho a Dios. La fe de Cecilia es muy grande y hoy dice que volvería a repetir otra vez esa manda, para salvar a alguien de una enfermedad y darle gracias a Dios por lo recibido. Hasta el día de hoy ella da fe de que todo relacionado con los flagelantes es una gran manifestación y vive en su municipio feliz disfrutando de la vida acompañada con toda su familia.

Hay otra historia que atraviesa a los penitentes y tiene que ver con la visión del otro mundo que se hace tangible en quien no cumple su manda o no cree en el rito. La persona asume un aspecto repulsivo, bota fuego por los ojos y la boca, no tiene pies y divaga por el aire; quien se lo cruce en el camino puede ser llevado por la muerte o volverse loco. Cada paso que da es muy cruel, no es posible soportar el sonido de sus latigazos, por eso lector, reza para que no te los encuentres ni lo escuches porque tu vida no será igual, ya muchos dicen haberlo escuchado y se han apegado a la fe para librarse de los efectos de su cercanía.


Mayor información sobre la tradición de los flagelantes en el municipio de Santo Tomás.

Los flagelantes vuelven a Santo Tomás

Los Flagelantes De Santo Tomás, Una Historia Escrita Con Sangre

Tomado de:

http://www.bibliotecanacional.gov.co/blogs/centrosmemoria/2011/06/23/la-primera-mujer-flagelante/

El corazón más grande, por Ian Sjogreen – 17 años – (San Andrés Isla)

Si me preguntan por aquel viejo de las bancas de atrás en la iglesia les diré que no sé nada de él. Sólo que nació el 16 de mayo de 1937 en la Isla de San Andrés; que tiene seis hermanos más; que era negro; que vivió en una estrecha casa en Perry Hill, en un sector que siempre amó; que se bautizó a temprana edad en la Primera Iglesia Bautista de La Loma y que era un fiel seguidor y soldado de Dios.

Algo que no olvido de él es su tamaño porque realmente era enorme, de hecho, no cabía por muchas puertas. La proporción de su masa muchas veces fue motivo de burlas, tanto así que le dieron el sobrenombre de “Biggy” y así fue llamado por todos incluyendo sus amigos más cercanos y familiares.

¿Qué si recuerdo su nombre? Por supuesto, jamás lo olvidaré, su nombre era Ramírez Williams Mitchell. Aunque a algunos les parecía extraño tener por nombre un apellido a mí siempre me gustó. Durante su juventud Ramírez Williams fue oficial de tránsito y la prioridad para él era proteger a los niños; esta labor se intensificó cuando lo trasladaron a una calle muy cercana a un colegio, por lo que para él se hizo más importante mantener la seguridad de los niños. Prueba de ello fue el hecho de que no dejara pasar el carro en el que se transportaba el Presidente de la época hasta que cruzara el último de los niños; a pesar de los insultos y de la presión de los acompañantes del Presidente, él dio prioridad a los niños, por lo que el mandatario luego lo felicitó. Muchas veces no regresaba a casa hasta asegurarse que los padres recogieran a todos los niños.

Aunque muchos no lo saben, tuvo una hija que fue separada de él cuando era niña por su madre, que se la llevo a Panamá y de ellas no volvió a saber nada. Siempre fue muy apasionado. Para él no había nada mejor que la comida típica de la isla, siempre lo hacía sentir mejor, le gustaba hablar con los jóvenes, orientarlos y motivarlos a seguir el buen camino. Aunque ya no fuera tan joven, se mantenía activo en la iglesia siendo diacono, director de los ujieres, profesor en las clases dominicales y miembro del coro. En este ultimo siempre destacó por su gruesa y estruendosa voz que hacia vibrar al público, estoy convencido.

Un día se enfermó y su tiempo en la calle se hizo menos frecuente hasta al fin dejar de asistir a la iglesia e inclusive salir de su casa. Pronto sus dolencias se agravaron y tuvo que ser llevado al hospital para una mejor atención, pero aun así su situación empeoro. Las heridas en uno de sus pies y la hinchazón evitó su fácil movilización; el asma, problemas respiratorios y pulmones dañados no se hicieron esperar; y para completar el cuadro, un corazón varias veces más grande de lo habitual hacían parte del gran repertorio de enfermedades que lo aquejaban. El dolor era cada vez más insoportable, los llantos y gritos de sufrimiento eran más frecuentes; Ramírez atravesaba una situación muy difícil.

Está bien, los engañe, si sé mucho de él, pero tengo derecho a hacerles una última chanza antes de partir ¿no? Hoy, 2 de noviembre de 2010, es lo último que recuerdo… escucho mi nombre… alguien me llama, veo una escalera que lleva a una brillante y esplendorosa luz… ya me voy. Pero me siento aliviado de saber que he muerto, no porque dejaré de sufrir sino porque seré un ejemplo para las personas que me conocieron e incluso para quienes no lo hicieron; peleé una buena pelea, mantuve mi fe y ha acabado la carrera.

Tomado de:

http://www.bibliotecanacional.gov.co/blogs/centrosmemoria/2011/06/23/el-corazon-mas-grande/

Dr. Mendieta, por Jayson Nelson Dilbert – 17 años – (San Andrés Isla)

El doctor Gustavo Alberto Mendieta Estrada estudió medicina y es un hombre muy simpático, siempre está dispuesto a ayudar a la gente que llegue a su consultorio a pedirle un favor, siempre está disponible. El doctor es de la ciudad de Pereira, tiene una altura de alrededor de 1.70 mts., es gordito, de piel blanca, y trabaja como médico general y cirujano.

El Dr. Mendieta hizo todos sus estudios en Pereira, su educación superior la cursó en la Universidad de Risaralda. Él llegó a la isla de San Andrés en el año de 1990 a cumplir con sus horas de trabajo social y al terminar le quedó gustando la isla.

El Dr. Mendieta es un hombre muy educado en todos los sentidos. Es educado en lo cotidiano y lo académico, se viste siempre elegante, a veces en jean y ropa clásica, usa zapatos de cuero. En el consultorio se pone su bata blanca y atiende a los pacientes con entusiasmo, una cara sonriente y a todos les cae muy bien.

La primera persona que el doctor Mendieta conoció en mi familia fue mi mamá. Cuando ella estaba embarazada esperándome, el Doctor le hizo los controles de mitad del embarazo en el año 1992. Dos años más tarde conoció a mi tía Laura Marcela Dilbert, quien es también doctora, trabajando en el mismo sitio. Ellos se casaron en el año 1997 y tienen dos hijos que son mis primos: Wendy y Johan Mendieta Dilbert.

El doctor Mendieta se considera un sanandresano que tiene veinte años aquí en la isla.


Tomado de:
http://www.bibliotecanacional.gov.co/blogs/centrosmemoria/2011/06/23/dr-mendieta/

Una historia casi mía, por Mabel Rocío Marín Roa – 14 años – (Honda, Tolima)

- ¡Abran esa maldita puerta, hijos del demonio!

Con sus manos temblorosas y escondiendo a sus hijos, aquella madre tan amante de su familia intentaba salvarlos de lo que sería tal vez su fin, ella y sus tres hijos estaban a punto de morir y lo sentían dentro de sí. Cada vez que esos hombres golpeaban la puerta de madera ella sentía como si le clavaran un puñal en el corazón.

Con un poco de valor, abrió la puerta antes de que la tumbaran, sin saber que lo que harían y dirían aquellos hombres le daría a su vida un giro de 180º. Esos minutos fueron los más largos y amargos de su vida. La golpearon y maltrataron verbalmente durante casi una hora. Los hombres se fueron dejándola casi muerta, el motivo fue que la familia tenía que darle a la guerrilla una cuota por la cantidad del producido de la finca y el hombre de la casa, mi abuelo, no la pagó. Antes de irse, los hombres le dijeron a mi abuela: “Tres años para que produzcan”.

En tres años debían entregar su finca, esa en la que habían trabajado durante toda su vida, pero ella se mantuvo con mucha fortaleza para animar a sus hijos quienes se encontraban aturdidos por lo sucedido. Así se demuestra el amor de una madre hacia sus hijos.

Todo esto sucedió mientras el abuelo regaba y preparaba un huerto especial. El de su medicina, la llamada “yerba”, que según él, era la cura para todos los males. Mis abuelos no tomaron la amenaza en serio pensando que todo pasaría con el tiempo.

Sin embargo, debido a ésta situación mi mamá tuvo que conseguir trabajo. La madrina logró conseguirle un trabajo como empleada doméstica interna en Honda. Aquella mujer luchadora emprendió camino con su mochila al hombro y sus zapaticos de charol embarrados. Luego de un extenso viaje, mi mamá llegó al Carmen, el Terminal de Transporte de Honda, cogió un taxi y llegó a su destino.

Al llegar a la casa la patrona le dijo a mi mamá unas palabras que nunca ha podido olvidar:

-Tres comidas al día, salidas sólo los domingos por la tarde y entre semana sólo en caso de emergencia. Su cuarto esta allá.

Mi mamá prestó mucha atención y le fue muy bien.

Semanas después, en una calurosa tarde, mi mamá miró por la ventana y vio un joven simpático frente a ella. Ese joven más adelante sería mi papá. Notó que él la miraba también. Un día la invitó a salir y se dieron cuenta que tenían muchas cosas en común. Durante un tiempo sostuvieron una relación a escondidas. Luego mi papá fue a la finca de mis abuelos a pedir la mano de mi mamá y se la concedieron. Al año y medio de conocerse se casaron y se fueron a vivir juntos en un pequeño apartamento. Mi mamá dejó de trabajar.

De regreso en el campo, tres años después de la amenaza contra mis abuelitos, tal como los victimarios lo habían predicho, mis abuelos fueron sacados de sus tierras por no pagar la cuota. Ellos, mi abuela, mi abuelo, mi tío y mi tía, tuvieron que irse a vivir al apartamento de mis papás.

Durante dos años pasaron todo tipo de dificultades, especialmente económicas, ya que mis abuelos no podían conseguir trabajo. Mi tía al ver esta terrible situación, a sus catorce años, comenzó a buscar trabajo y se convirtió en niñera y empleada del servicio doméstico. Mis padres fueron pacientes, sabían que los únicos responsables de lo sucedido a mis abuelos eran los grupos armados al margen de la ley y también queda claro que mis abuelos acogieron a mi papá como un hijo más. Al poco tiempo, mi mamá quedó embarazada de mí. Tuvo muchos problemas de salud, tantos que yo no tenía esperanza de vivir y ella también corría peligro.

La doctora Marta, ginecóloga, dijo que hasta que mi mamá tuviera siete meses de embarazo no me compraran las cosas necesarias, no podía augurar nada bueno. Mi mamá se sentía muy triste y decepcionada, pero nuestra familia la apoyó en todo momento y le brindó muchos ánimos y esperanzas.

Cuando mi mamá cumplió los siete meses de embarazo se sintió muy feliz ya que juntas habíamos sobrevivido el tiempo que según los doctores era muy poco probable de superar. Un mes después nací. Según mi mamá fui la luz que alumbró el camino de mi familia. Todo comenzó a mejorar, lo único desafortunado fue que al haber nacido prematura, el hueso del coxis no estaba bien desarrollado. Mi familia me cuidó mucho y, gracias Dios y a la Virgen Santísima como dice mi abuelita, no tuve dificultad y me recuperé.

Después de dos meses de recuperación mi abuelo decidió viajar a la finca de sus padres, pero antes de irse, nos hizo a mi mamá y a mí dos lindos obsequios. A mi mamá una porcelana en forma de pato que aún conserva y a mi unas lindas palabras y una bonita contestación de mi madre hacia su padre: “Cuide a la niña mija que ella va a llegar lejos porque sé que es muy inteligente”, a lo que mi mamá dijo “Ella va a ser tal como usted”, porque mi abuelo era veterinario, agrónomo y un gran campesino muy trabajador.

Se fue y hasta el día de hoy nadie lo ha vuelto a ver. Pusimos denuncios, anuncios y cuñas radiales, pero hasta el momento nada ha dado resultado porque al parecer se fue para nunca volver. Mi familia y yo hemos salido adelante. Mi mamá ahora se dedica a nuestro hogar y a hacer costuras. Mi papá, quien me está criando, es guarda de seguridad de una empresa de valores y yo, dejando la presunción a un lado, soy una exitosa estudiante con muchas ganas de progresar y superar mis metas. Por su lado, mi tía tiene tres hijos hombres y tiene una relación hace diez años con un señor muy agradable. Mi abuela se dedica a cuidar de sus nietos a quienes adora y por los cuales daría la vida.

Tomado de:
http://www.bibliotecanacional.gov.co/blogs/centrosmemoria/2011/06/23/una-historia-casi-mia/