domingo, 11 de septiembre de 2011

La primera mujer flagelante, por Lisandro Aquileo Casiano Carrillo – 25 años – (Santo Tomás, Atlántico)

Comentan los habitantes del municipio de Santo Tomás, Atlántico, que hace varios años una mujer llamada Cecilia fue la única mujer que tuvo el valor de flagelarse en ese entonces. Todo empezó un día cuando la mamá de Cecilia se enfermó, ella se desespero porque los médicos le decían que la enfermedad de su madre no tenía cura y por esto decidió pedirle a Dios la recuperación de esa persona querida. En señal de agradecimiento por el milagro que obrara en su mamá la promesa consistía en flagelar alguna parte de su cuerpo. Antes de empezar la tortura debía ayunar y confesarse. Aquel día nunca se le olvidaría.

Todo era una preparación para empezar el camino hacia la salvación de su mamá. Para llegar hasta ese final feliz tendrían que transcurrir ocho años más en adición al ofrecido, pues en la tradición se dice que el penitente debe regalar el último año, así Cecilia pasó nueve años dándose golpes en la parte baja de la espalda para así derramar la sangre que representaba la que Jesús derramó en el momento de su crucifixión.

Ya tenía todo preparado, sus vestiduras con pollerín y capirote, y los objetos necesarios para utilizar en ese calvario de su vida. Llegó el momento, el día en que esto iba a ocurrir, todos estaban inquietos pero Cecilia transmitía una total tranquilidad, aún así, por dentro tenía un susto que invadía todo su cuerpo al pensar que las cosas podrían complicarse.

Las personas a su alrededor le hacían comentarios positivos y negativos; Cecilia, por el susto, no escuchaba todo lo que decían, solamente pensaba en la enfermedad de su madre y en que necesitaba curarse, pues gracias a todo el sacrificio que ella iba a hacer se daría la felicidad de toda su familia. Ahora, había llegado el día más importante de la Semana Santa en el municipio, el viernes santo cuando transcurriría todo su calvario.

Cecilia salió hacia el lugar llamado “el caño de las palomas”, esperando el turno para su partida. Para iniciar tenía que llevar a cabo un ritual donde se reza cuarenta veces el Credo y de no hacerlo podía ir rezando en todo su camino el Padre Nuestro. Llegó su turno, Cecilia, ya con el pollerín de color blanco con siete cruces de color negro, el capirote, el paño con el que se tapa toda su cara para no mostrar todo el dolor que sale de su cuerpo, una camisilla que le recubría el pecho, pero dejaba al descubierto el vientre y la espalda baja, lugares destinados a recibir los latigazos infligidos por siete bolas de cera.

Cecilia empezó su recorrido, para ella la solución a la enfermedad de su madre, pero para muchos un calvario, un sufrimiento en su vida. Junto a ella caminaba un acompañante que era un familiar o amigo que sería su guía en el recorrido. Cecilia daba tres pasos hacia adelante pero cuando había otro penitente muy cerca debía dar tres pasos hacia atrás latigándose. Las heridas eran cada vez más profundas pero el acompañante ayudaba a Cecilia poniéndole alcohol con un algodón para que esas heridas no se agravaran.

Cecilia caminaba siguiendo las palabras de su acompañante: “no pases por ese lugar, sigue derecho, cuidado con esa piedra, vamos a pasar por barro o vamos a pasar por arena”. Los caminos de arena eran muy calientes por la hora del día, pero ella trataba de introducir sus pies completos para evitar quedarse mucho porque iban todos descubiertos.

La flagelante sólo pensaba que su madre sería sanada por Dios, curándola de esa enfermedad que la agobiaría hasta llevarla a la muerte. Cada tres pasos que ella daba iba rezando el Padre Nuestro, varias veces entre cada paso y con énfasis en las siete cruces colocadas a través del recorrido. El acompañante y las personas a su alrededor observaban el dolor, el sufrimiento y cansancio que agobiaba todo su cuerpo, pero a ella nada mas le importaba su propósito, tener a su madre, sana. Golpe a golpe en su espalda aparecían hinchazones que su acompañante cortaba con forma de cruz para que la sangre fuera derramada y así evitar que se acumulara y causara mayor dolor.

La falda de Cecilia estaba manchada con la sangre de sus heridas y ella sólo ansiaba llegar al final del viacrucis para así saber qué sucedería. Tres pasos daba Cecilia para rezar un Padre Nuestro, caminaba dándose golpe por golpe hasta sentir que su fe salía de su cuerpo y llegaba hasta el cielo. El acompañante tuvo que decirle que tuviese cuidado con los golpes porque se había pasado de lugar y el azote había golpeado otras partes de su cuerpo. Al final del camino, su guía le indicaba que nada más faltaban tres pasos por dar para llegar al final; en ese momento ella, con más fuerzas, se dio varios golpes para que brotara más sangre y poder hacer que el milagro fuese más poderoso. Caminó y llegó al final, Cecilia llena de positivismo y fuerza, llena de felicidad, lloró porque había terminado su manda y con más voluntad volvió al principio del camino para demostrar que su fe en Dios era muy grande.

Comenzó otra vez desde el principio dos mandas más llevando una copa llena de miel y vinagre puesta en el brazo, que representa la amargura de Jesús en su muerte. De igual modo, tres pasos hacia adelante y hacia atrás hasta llegar el final, pero cuando terminara esa manda, comenzaría otra más.

La otra era la cargada de la cruz que consistía en llevar la cruz desde el comienzo hasta el final, o sea, hasta la última cruz. Para ella era llevar todo ese peso que Jesús tuvo en su lecho de muerte. Cecilia feliz porque todo había terminado para el bien de su madre y por la felicidad de su familia. La flagelante recordaba el camino donde algunos se desmayaban, pero ella, con la voluntad de conseguir la sanación para su mamá no desfalleció. Continuó año tras año y veía más cerca el final de ese calvario hasta cumplir el noveno. Cuentan los habitantes de Santo Tomás que la felicidad era muy grande porque había logrado la meta puesta en su vida.

Ese último año al haber logrado su meta, Cecilia corrió hacia su casa a ver lo que ocurría con su mamá, bañada en lágrimas de felicidad, y en respuesta a su sacrificio, su madre estaba curada, la enfermedad había desaparecido, ya no estaba en su cuerpo gracias a la promesa que le había hecho a Dios. La fe de Cecilia es muy grande y hoy dice que volvería a repetir otra vez esa manda, para salvar a alguien de una enfermedad y darle gracias a Dios por lo recibido. Hasta el día de hoy ella da fe de que todo relacionado con los flagelantes es una gran manifestación y vive en su municipio feliz disfrutando de la vida acompañada con toda su familia.

Hay otra historia que atraviesa a los penitentes y tiene que ver con la visión del otro mundo que se hace tangible en quien no cumple su manda o no cree en el rito. La persona asume un aspecto repulsivo, bota fuego por los ojos y la boca, no tiene pies y divaga por el aire; quien se lo cruce en el camino puede ser llevado por la muerte o volverse loco. Cada paso que da es muy cruel, no es posible soportar el sonido de sus latigazos, por eso lector, reza para que no te los encuentres ni lo escuches porque tu vida no será igual, ya muchos dicen haberlo escuchado y se han apegado a la fe para librarse de los efectos de su cercanía.


Mayor información sobre la tradición de los flagelantes en el municipio de Santo Tomás.

Los flagelantes vuelven a Santo Tomás

Los Flagelantes De Santo Tomás, Una Historia Escrita Con Sangre

Tomado de:

http://www.bibliotecanacional.gov.co/blogs/centrosmemoria/2011/06/23/la-primera-mujer-flagelante/

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